Lo tengo en frente, apenas a un metro de mi computadora. Está inmenso en su boina de blanca estrella, en su vaina de limpia semilla de germinación constante.
Lo siento cerca y a veces, alma en el asma ahogada, me dicta con acento austral cuanto he de escribir en letras caribeñas con música que no entiende.
A menudo marca, sugiere y borra. Y también viceversa, mas no le replico, pues tiene ojos difíciles de enfrentar. Muy de vez en cuando me da —en sueños míos— una palmadita.
A unas cuartas de estas manos que teclean, el Hombre logra cada día salirse del cristal, cambiar un pedazo del mundo y volver por cualquier atajo para que sigamos creyéndole quieto. Ver +
Yo no podía pensar exactamente igual a él. Otra época, otra edad, otras vivencias pero ambos compartíamos una misma pasión: Cuba.
A André McCollins no se le quita el frío. Hace diez años, cuando él tenía 18, sus profesores lo ataron y torturaron por varias horas, sometiéndolo a descargas eléctricas que casi lo desenchufaron para siempre de este mundo, solo por negarse a quitarse el abrigo.