
Cualquiera, hasta el más sedado, recibe encima un cubo de agua sucia y reacciona, mas eso no sucedió así hace más de 60 años. Rafael Ángel y Olga Emilia vivían cerca, muy cerca. Él, 20 años mayor, con una bonita apariencia y una elegancia muy suya a la hora de vestir le cambió en segundos.
Iba por la calle Joaquín de Agüero, del reparto La Vigía, donde vivían ambos. Él, impecable, como siempre, dirigía sus pasos hacia un almuerzo. Al menos así lo contaba. Ella, muy blanca, pelo negro, delgadita y con par de ojos como cuentas de esmeraldas en su faena de limpieza, lanzó el agua sucia sin mirar y lo bañó, así de fácil, lo volvió una sopa de no sé qué. Leer +
Desde la madrugada habían sido barridas las nubes sucias para que la plaza estuviera impecable, azulísima, a primera hora. Con puntualidad celestial, a las ocho en punto empezó a hablar el locutor:
Cuando existe amor no hay barreras que impidan la felicidad. Es vida necesariamente anhelada por cada uno de nosotros. Gracias a él nos enfrentamos con fuerza a lo que día a día nos corresponde vivir.