Una bala, escondida entre la hierba, entró en su sien derecha y El Mayor no supo que moría. Tan ocupado estaba, está, en su atención a Cuba, que 139 años después no se ha enterado. Las cartas le dicen que, a más de un siglo de distancia de su boda, Amalia le espera, impaciente y amorosa, y ese es un premio a todas sus batallas.
Está ocupado, entonces, en preparar a sus “…jinetes rápidos como el instante”, en continuar su obra de maestro y General y en liberar un Sanguily por cada día. Solo esa bala que no vio en Jimaguayú le impidió hacer otro rescate en San Lorenzo, porque vergüenza sobraba para eso. Ver +
Una madre pasea con su hijo por el Parque Agramonte. Se detienen frente a la estatua magnífica en que el caballo, ajeno a la muerte instantánea, en combate, del jinete, olvidó levantar su otra pata delantera incumpliendo los cerrados códigos de la posteridad.
Hasta el día de hoy existen 50 versiones conocidas sobre la caída en combate del mayor general Ignacio Agramonte y Loynaz, ocurrida el 11 de mayo de 1873 en el potrero de Jimaguayú, al sur de la ciudad de Camagüey. 